domingo, 9 de diciembre de 2012

Francis Argüelles-Cuba- en IV ELILUC


           

 La Trampa


Un día trece fue su nacimiento, lo inscribieron el doce, así lo quiso su madre deseando que la mala suerte, según ella, se alejara de la familia. Soñaba despierta que este hijo sería famoso. Sucedió lo ansiado, su único varón se había convertido en un pintor que vendía los cuadros antes de terminarlos. Aparecía en periódicos, revistas, lo invitaban a cuanta fiesta importante se diera en la ciudad que lo vio nacer.
Ray, manejaba contento pensando en la aceptación que sus cuadros habían tenido en el centro cultural y el fruto de la venta estaba destinado a la escuela de pintura, para  niños pobres. Una llamada telefónica de su hermana desde el hospital donde estaba internada su madre lo turbó y cambiando el rumbo que llevaba, giró, proyectándose  contra un auto que venía en dirección contraria.
Despertó en la sala de emergencia de una clínica, cercana al lugar del accidente, sufrió daños menores, no así la persona del otro auto que falleció. Su generosidad lo llevó a buscar la familia de aquel hombre, ayudarlos monetariamente para él apaciguar el dolor que llevaba, pero ellos no aceptaron. Se sentía  mal ante esta situación, él no tuvo la culpa de lo sucedido, estaba atormentado, tanto que sus pinturas reflejaban el estado de ánimo en que se encontraba y por primera vez aparecieron sus cuadros oscuros.
Pasado unos días, desempolvaba el sótano de la vieja casa de su niñez, refugio que escogió después del accidente. El picaporte dio una vuelta, se quedó mirando la puerta, no se abría y acercándose preguntó:
-¿Isa eres tú?
Por respuesta recibió un frío que lo estremeció. Llamó a su hermana nuevamente, comprobando que ésta no se encontraba en la casa, era la única que tenía llave, además de él. Estaba seguro que detrás de aquella puerta había alguien, o… ¿Hubo alguien?
Escuchó un aullido lastimero, era el perro que al mirarlo, con el rabo entre las patas se perdió por el sendero que daba al rio. No podía creerlo, el perro le temía a algo, pero ¿A qué?
Dejó la casa, decidió caminar y no tardó en llegar al pueblo. Para calmar su desatino, pidió una cerveza en la conocida cafetería, donde era habitual asistiera. No lo atendieron, ni lo dejaron ocupar la mesa acostumbrada. Sabían que por su culpa alguien había perdido la vida. Todos reían, lo ignoraban. De pronto, dejaron el local cuando escucharon que desde afuera gritaban:
-¡Ya vienen, vamos!
Ray, también salió. Vio como se acercaba una hilera de autos que seguían un carro fúnebre. Marcharon detrás del cortejo, él también lo siguió. Quiso saber de quién era el entierro, pero no le querían hablar, solo una señora gemía diciendo:
-Pobre familia, no se esperaban esto.
Llegaron al cementerio, comenzaron a bajar las coronas, muy caras debían ser. Elegantes personas, enlutadas, dejaban los carros para acompañar el féretro y, las palabras de despedida flotaban en el aire, mientras, el llanto de los familiares no permitía él escuchara.
Comenzaron a tomar una flor, también él, esta vez lo permitieron y se acercó a una corona cuya cinta llevaba una dedicatoria que le aclaró por quien lloraban.
Uno a uno fueron depositando la flor sobre la madera.
Entonces Ray, se elevó al lugar que le pertenecía, dejando caer la flor donde descansaba su cuerpo.

Por Francisca Argüelles



Breve biografía: Francisca Argüelles

Nacida en Ciudad de La Habana, Cuba. Graduada en el Instituto de Administración y Comercio de La Habana, como CONTADOR-PLANIFICADOR. Realizó estudios de Marketing en el Club Juvenil de la  Vibora. Tomó Cursos en Miami de "Como escribir Cuentos y Poesías" con el Prof. Orestes Pérez. Fundadora y directora desde  hace 5 años, del grupo literario "CLUB DE LITERATURA". Radicada en la Ciudad de Miami.

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